viernes, 25 de marzo de 2011

OFRENDA


Aquí, en mi corazón, traigo granada,
confitura de tuera y de ternura,
aquí el brillo de un sueño, tu figura:
un flautín-ruiseñor de la alborada.

Traigo un azud de niebla limonada,
y un claro arpegio de violín que dura
como dura la tarde en la dulzura
de tu lánguido brazo demorada.

Una acequia de luz traigo, dorada,
para el jardín de rosas de tu pecho,
y una inmensa almohada hecha en el cielo

porque descanse tu cabeza alada.
Hecho de paz y verdiamargo helecho,
aqueste aquí dolor, de nube y hielo.













jueves, 24 de marzo de 2011

Algarabía


A las cinco de la mañana cuando cantan los gallos en algunas terrazas de la ciudad y en el horizonte florecen las margaritas del alba como te decía, lector mío curioso, se encienden las mezquitas en un canto unánime, que llama a los creyentes a oración. Algarabía significa "idioma árabe" y de su impenetrabilidad y aparente desorden, de su fonética gutural, los cristianos sacaron la palabra algarabía para designar el desorden lo que no se entiende. Desde la cama escuchas la algarabía del canto, que se mezcla en el aire de la mañana, cuando se desprende de los altos minaretes. Entonces te levantas, miras por la ventana y ves, que un cielo pedregoso y mudo, hace opaca la oración musulmana. "Dios es grande. No hay más Dios que Dios. Venid a orar creyentes". Se alumbran las ventanas de algunas casas y la calle se anima un instante. Es el primer latido de la ciudad que despierta y el primer latido es una oración. La magia del sol que nace, magia de la luz que viene de Oriente. Despertar mágico del día que necesita la voz de Orfeo. La mañana es milagrosa porque nadie tiene asegurado el día. Abres los ojos y te asalta la luz: -Amanece, -piensas, y el mundo sigue ahí. Una pena. El mundo es una gran pena. Amanece. ¿Acaso no es milagroso? Ah, pero nada es lo mismo porque cada mañana  trae su pena y la pena es lo que da el color del mundo. El mundo es del color de la pena, más o menos esplendorosa según sea el amanecer. Pena. Penita. La pena es algarabía. Un desorden que asalta cada mañana al alma y tiñe todos los objetos con el color dulce del hastío. La oración es algarabía, un pequeño desorden lingüístico sin receptor que espera alcanzar respuestas del vacío. ¡Una pena!
 Digo yo como decía la gallega: -Ay, Dios, cuánta tristura sin consolancia ninguna.  ¡Qué bien rezaba la gallega sin pedir nada! 
Digo yo como el inglés, como decía Kierkegaard: -Mi pena es mi castillo. No. Mi pena es la casa en que me refugio. Pero de ninguna manera quiero dar pena. Sólo sufrirla como se sufre una muela que se traspasa con la bebida caliente y con la bebida fría. Miro por la ventana y la luz es a-pena-s un aire antiguo de violín: el aire de un tango en el violín de un ciego que yo escuché en la calle Embajadores cuando era un pobre estudiante en Madrid. Estaba entonces buceando en el origen de la pena. Estaba estudiando. Quien pone conocimiento pone pena. Ahora miro por la ventana. Las luces de las casas se vuelven a apagar. La silueta de las mezquitas se recorta en un azul pálido que parece subir del mar como un aliento sagrado. ("Dios alentando sobre el muñeco de barro") De nuevo la ciudad se sumerje en el silencio y sé que es inútil volver a la cama. La pena se ha desencadenado y será necesario darle cauce hasta que la luz como una bebida muy fría traspase su nervio y se haga insoportable un instante. Luego la pena se estabiliza y la convierte uno en trabajo, en actividad, en dinero. Pero todo ello no son más que variantes de lo mismo. No sé qué impío pudo decir lo de que las penas con pan son menos. El pan, el conocimiento, el trabajo son no otra cosa que penas: algarabía. 
¿Y la esperanza? ¿Cuál esperanza? ¿La que eterniza todas las penas? Qué bien lo decía la canción sin querer: -¡Ay, qué pena me das Esperanza, por Dios, tan bonita pero no eres buena! ¿Y cómo habría de ser buena la esperanza? Los cristianos identifican la esperanza con el infierno. Lo que ocurre es que la niegan en aquel lugar, pero, como todo concepto cristiano, incurre en paradoja pues la desesperación sólo es concebible cuando hay esperanza. Sin ella la desesperación es una palabra sin sentido que no apunta a ninguna realidad. Esperanza es el sentido pleno de la palabra algarabía. Salen los creyentes de las mezquitas. Salen de su pena y se dirigen a su pena, digo a su casa. Tal vez se acuesten un rato hasta las ocho de la mañana. El sueño. Cuando no se puebla de fantasmas fríos, el sueño es el alivio. Ah, las verdades de nuestros sueños nos hacen más felices que las verdades de la vigilia y no son, sin embargo, menos verdaderas. En el sueño se suspende la pena. Tal vez por eso es, a veces, deseable la muerte por su parecido con el sueño.
 ¿Y el amor? Un sueño. El repetido sueño de lo lejano.
Me acostaré yo también para soñar, para soñarte un rato, amada mía lejana. Ya habrá tiempo y día para decir lo que decía el pobre Hernández, más lúcido y apenado, por tanto, que ninguno:  -Tanto penar para morirse uno.

Voy a dormir un rato, pues, voy a soñarte. Voy a arrojar de mí esta algarabía que me trapasa la dentadura. Si no m'espertara. Tengo una cansera...

martes, 15 de marzo de 2011

LA MENTIRA (reflexión cínico-melancólica)

¡Menuda hincheta de moralina!

Ahora, como andan en campaña, mucha gente se asoma al periódico para denunciar las mentiras de los candidatos. Pero la mentira se ha revelado como el mecanismo por excelencia para conseguir lo que se quiere, y no veo yo por qué hay que señalarla como inmoral cuando la utilizan los políticos en campaña electoral. Los políticos están más allá del bien y del mal. Parodiando los versos de Machado habría que decir: -“ Cuando dos políticos hablan, es la mentira inocente, se mienten y no se engañan”. Y como el hombre es un animal político, pues eso: nos mienten y nos mentimos pero no nos engañamos. Mintió Bush padre, mintió Bush hijo y mentirá Bush espíritu santo. ¿Y qué? Miente el hijo a la madre y la madre al hijo; el padre, a la madre, al hijo y al abuelo; el alumno al profe; el profesor al Ministerio y el Ministerio, al profesor, al padre y al alumno. Y el Gobierno nos miente a todos. Y en tiempo de elecciones no veo por qué los políticos tendrían que decir la verdad. Buena gana de rasgarse las vestiduras, con el precio que tiene la ropa. ¿Mienten? ¡Muy bien! ¿Y qué? También tienen que besar a todo el mundo y nadie, ni ellos se quejan. (judas se queda chico) ¡Siempre ha sido así y todavía no he visto hundirse el mundo -perdónenme los japoneses-! ¡Y siempre será así! Si el mundo ha de hundirse será por otras razones, porque si la mentira lo socavara, ya habría desaparecido bajo nuestro pies.

De modo que decir que Aznar mintió sobre las armas de destrucción masiva es decir una solemne tontería que es mucho peor que una solemne mentira. Mintió, vale, ¿y qué? ¡Vaya murga! Y, mirado de otro modo, volver una y otra vez sobre las armas de Irak cada vez que se hace declaración de lo malo que es Aznar, es mentir tanto como él, porque lo que se quiere es que la gente sancione a su sucesor. Y si no mintió sobre las armas, sino que las armas existen, la cosa es más grave todavía, porque indicaría que anduvieron lentos y lerdos a la hora de liquidar un régimen que, vete a saber en manos de quién puso esas armas. Así pues, denunciar la mentira es una forma de mentir tan honesta como todas las que hacen labor de zapa (perdóneme José Luis que no hago burla del apellido) y también labor de exaltación de los candidatos. No se sabe por qué, el pueblo piensa que si alguien ha llegado a ser presidente de esto o aquello es porque se trata de un gran hombre sin reparar en que, frecuentemente, el presidente de esto o aquello lo es porque mintió mejor que otros y, muchas veces, no es más que un ganapán, un memo, un canalla, un gilipollas o todo junto: un Rovira.

A la gente le gusta oír mentiras en todas sus formas y estilos: promesas, cotilleos, devaneos, crímenes y confesiones; quien dude de esta manera de ser, asómese a cualquier canal de teleguarrería, que parece que, por su proliferación, tienen gran demanda entre el populo barbaro. La gente es la repera. Ahora que se le pide el voto, votará dirigido por una convicción, un direme o un direte, o porque el candidato le pareció más guapo, más serio, más simpático, pero nunca porque el otro dijo verdad o mentira. ¡Naturaca! ¿Qué importa la verdad o la mentira? Y además, hay en el aire tal nebulosa de información que habría que ser un lince para extraer alguna verdad. Pero no se cansen. Aún diciendo la verdad se puede mentir porque la ciencia de la mentira es llevar al otro al error, la confusión y la ignorancia de lo que está en juego. Recuerdo que hace veinte años, un español que decidió volver de Marruecos donde había vivido y trabajado toda su vida, después de enviar la mudanza, le quedaba el problema difícil de pasar sus ahorros -un millón de dirhams; más o menos quince millones de pesetas-. Ni corto ni perezoso, decidió pasarlo en su propio coche. Nunca le habían preguntado nada en la frontera de Beni Enzar donde ya le conocían, pero ese día, en la frontera marroquí, un experimentado gendarme lo paró y le preguntó: -¿Qué llevas en el maletín? Y el otro impávido, decidió decir la verdad: -Un millón de dirhams. El gendarme se rascó bajo la gorra sebosa y sudada del verano y sonrió ampliamente: -¡Qué gracia tiene la gente! Anda, pasa. Esta tarde te veré en Melilla y me invitas a una copa en el Bristol.

¡Mientan! ¡Mientan los candidatos! No pasa nada. Prometan para no cumplir nada. ¡Qué más da! Pero por Dios, no digan la única verdad que está en el ambiente y que todos conocemos. No digan que el otro candidato es un mentiroso, porque caerán en la paradoja de Epiménides. Ya saben; siendo los políticos mentirosos, si dicen que el otro es un mentiroso, dicen una mentira al decir una verdad y dicen verdad diciendo mentira, con lo cual la confusión va a ser enorme. Y, además, por economía, sean parcos en las mentiras y traten de ser graciosos porque aburre el discurso: “-...Y yo quiero decir, bla, bla, bla...” Y no repitan, hombre, no repitan. Ya sé que la repetición es una forma muy pedagógica de adoctrinar o enseñar, pero es que aburre tanto como los quince misterios del rosario. ¿Se imaginan la cara de la Virgen después de escuchar ciento cincuenta veces la misma cantilena de la boca de una beata o de Zaplana? Pues al pueblo, al desdichado pueblo votante que vive en este valle de lágrimas, ea pues, Pepiño, ea pues, Cospedal, no se lo repitan tantas veces, que no es subnormal, ni tontolculo y suele discriminar con agudeza la mentira. Mientan lo que quieran, pero no pretendan que el bendito pueblo se lo crea y déjenlo con sus misterios doloroso-domésticos. Como me decía un dominicano ¡Favor de no porculizar!

viernes, 25 de febrero de 2011

Miguel Sebastián


No es posible. Doume a todos os diaños. Lo oí en una cadena de tele. El ministro de Fomento daba por fin una buena noticia para nuestra economía: -Si la crisis del norte de África perjudica nuestras importaciones, ello se compensa con el aumento de turismo en las costas españolas. Quiero pensar que no ha sido premeditada su afirmación sino que se le ha escapado una “verdad de esas que se callan cínicamente”, un flatus vocis o un “flatus culi”(me lo acabo de inventar). No es posible que un ministro de Fomento de mi país diga eso sin pensar en los muertos y la desgracia de los pueblos del Magreb. Me recuerda aquella otra cínica marranada de que la guerra de Irak prometía importantes beneficios económicos para España. Un espanto. Hagamos unas frases más para caernos de culo moral: Las hambrunas africanas favorecen nuestras importaciones. El aumento del aborto disminuye las bocas que reclaman alimento y disminuye el gasto de la Seguridad Social. El crecimiento del Sida mejora la caja de nuestros laboratorios. Los pederastas deben usar medios de protección sexual seguros. Las pérdidas de la S. S. durante el invierno, se compensan un tanto, porque el invierno eleva la tasa de mortalidad de pensionistas. Las guerras africanas mejoran mucho nuestra exportación de armas… las gallinas que entran por las que salen… Cuanto más tonto sea un político los beneficios de la inocencia y el buenismo serán mayores para la política en general. Cuando todos los políticos alcancen el grado de idiotez suficiente, todos viviremos mejor en el limbo de los gilipollas o seno de Abrahán.

sábado, 19 de febrero de 2011

MADERA DE BOJ Camilo José Cela.


Narrador y oyente: casi un monólogo interior.
Cela ha abandonado hace tiempo la ficción de la narración escrita a favor de la narración oral. Como si registrara una larga conversación en la que el interlocutor, el otro, sólo interviniera sumisamente de vez en cuando para una puntualización, una aclaración o una reflexión sobre la forma misma en que se le está contando todo, Madera de Boj es una narración que nos deja solos ante una realidad dada de manera dialogal. Asistimos a la conversación, (tomamos una y otra vez la novela ¿todavía sigue ese pelma contando naufragios? Esto me parece que ya lo ha contado, parece que este tío se repite igual que la morcilla de mi pueblo. ¿Y ese bobalicón que escucha, ¿estará borracho también?) atónitos, incapaces de seguir ningún hilo por el que alcanzar el ovillo o el tapiz que todo novelista debiera tejer. O quizá lo que hace el novelista es soltar pacientemente la trama vital en la que antes se tejían los argumentos. Estamos en la época en que Penélope desteje la tela, y en el suelo yacen todos los hilos que fueron antaño materia de creación amorosa.  Hay miles de frases que parecen el incipit. Es como si el autor no pudiera salir del incipit, cuando el libro avanza seguro registrando anécdotas para un argumento imposible que se organiza y se desorganiza en la cabeza de un loco o un borracho o un demiurgo.
No me extraña que esta novela provoque la rabia incontenible de los que siguen aferrados al antiguo esquemita de introducción, nudito y desenlace, o a la descripción finolis de sentimientos y emociones pretendidamente sutiles. No me extraña siquiera que un crítico tan fino como Senabre eche de menos un mínimo hilo argumental, (no hay inconveniente en admitirlo, si lo que quisiéramos fuera otra novela). Hay muchas novelas hoy llenas de guiños al lector que parecen decirle: - Sí, claro que sí. Tú también conoces estas sutiles sensaciones porque eres una persona culta. Pero Madera de Boj no, Madera de boj no es una novela porque no se detiene en el análisis de sentimientos, emociones e ideas ingeniositas y bien dichas y redichas, ni en argumentitos para lectores simples.
Imitando a Cela habría que decir de la novela lo que él dice de la vida: La novela no puede hacerse con madera de boj esto no es seguro porque hay gente que cree que sí. En Fisterra lo que se dice ahí mismo en la piedra que dicen Os Meixidos,  bueno, a medio camino entre Centulos y Fisterra  o tal vez en Madrid mismo el día de san Epafrodito de MCMXCIX (Colofón)  naufragó la novela. El poeta consiguió hacerla de madera de boj y ningún barco de esa madera flota; los pecios se van al fondo con toda la tripulación. ¡Vaya destino! A Celso Tembura le pegó una hostia un esqueleto, sor María tuvo un novio mercante al que mató la mar los moros y los cristianos de la aldea de Trez, que está en cuesta, a los carros hay que atarlos para que no escapen se pelean el día del Apóstol, ganan siempre los cristianos… se fueron al fondo… Se conoce que el capitán que conocía muy bien el rumbo del patache novelesco, quiso dar un escarmiento a la historia, otros dicen que cuando se rajaron los fondos de la novela contra la roca de la vida, el capitán don Camilo José Cela, estaba meando por la borda con la gorra echada a la nuca forcejeando con el galernazo.
Pero ¿no será este un nuevo camino para la novela del nuevo siglo? A lo mejor, hace mucho más tiempo que la novela naufragó, me refiero a Mazurca o Cristo versus Arizona; a lo mejor como vaticinaba Hegel todo el arte entero ha naufragado y la novela ha muerto. El día de San Epafrodito se encontró muerto un artista con el reloj en marcha, se conoce que llevaba poco tiempo muerto, alguien le robó el reloj, ¿para qué lo quería ya?  Y ¿no va esto también un poco revuelto y sin mucho orden? Ya le he dicho.

MADERA DE BOJ Camilo José Cela.

El Callejón del Gato

Cela, el mejor prosista del siglo XX, es el heredero directo de Baroja y de Valle Inclán. De Baroja aprendió el hermoso desorden y el tratamiento de los personajes que tanto irritaba a Ortega: unos cuantos rasgos trazados a vuelapluma, una opinión personal del narrador,  un puntapié en el trasero y a escena. Lo que pasa es que, lo mismo que aparecen, desaparecen tan justificada o injustificadamente como en la vida. Si reaparecen vuelven a ser descritos de la misma manera con una nuevo matiz en la opinión que el narrador ya tiene de ellos.
En el Esperpento, Valle aseguraba que (es preciso usar la traída y llevada frase del autor) los héroes clásicos habían ido a pasear al Callejón del Gato. En Madera de Boj y ya en la Mazurca, y Cristo versus Arizona, Cela hace que sus héroes den un paseo por ese callejón, también. Algún pilluelo sin embargo ha apedreado los espejos cóncavos y convexos y a la deformidad del reflejo se añade el fragmentarismo que es el carácter esencial de arte del siglo XX. En lastimoso desorden,  cada uno de los minúsculos espejuelos esparcidos por el suelo refleja nada más que una partecita  mínima de la realidad, de la ominosa realidad de la vida, de la deforme realidad que es España. Cela ha llevado al extremo la idea del fragmento como elemento mínimo de composición novelesca. –Podréis reconstruir la realidad que os doy, pero os va a costar dios y ayuda, - parece decir y, justamente, porque la vida no se deja apresar por el orden de la mente. En efecto, Madera de Boj no es un libro fácil, porque todo anda un poco revuelto como reiterativamente se dice, pero no tanto; o bien al revés: como el orden es una pretensión bastante tonta de la vida, todo está un poco ordenado; según se mire. Si se consiguiera reordenar los espejuelos rotos es posible que se consiguiera una realidad ordenada tan zamba, zurda y delirante como la que nos da el libro. Ni una concesión al lector y a los restos de orden que queden en la mente crepuscular del siglo XX. Nada. El delirio: el rap. 

MADERA DE BOJ Camilo José Cela.

Hay mucho mandanguero de la novela. Pero si quiere usted un libro hermoso y duro, lea este libro de Cela. Durante unas cuantas entradas lo trataré. Pero ya le advierto de que la "técnica crítica" corriente, creo que no vale para este texto alucinado y alucinante. Por ello prefiero acercarme a él por otro camino.

Eso va en gustos. Hay gente que escribe sutilezas y la novela dice muy bien, muy lógica  y muy finamente lo fina que es su forma de percibir, tan sutil que a veces no hay percepción siquiera, sino sólo artificio de lenguaje, y hay otra gente que escribe a cantazos y seguimos la trayectoria de la piedra que dice: así es la vida y al que le toca le toca. Me refiero a Madera de Boj donde también muchos lectores, muchos buenos lectores naufragan. No sé si esto que voy a decir irá ordenado. Se conoce que la vida impone orden o desorden según se mire. La vida en fin, parece una escollera; piedras que emergen, que asoman un momento en el vaivén de las olas.

Finis terrae, finis saeculi, finis narrationis.
Cela es el poeta de los bordes, de los límites extremos. Si se le preguntara para qué sirve una frontera, estoy seguro que respondería, para saltársela. Madera de Boj es una mirada sombría sobre dos bordes sombríos: el de la tierra y el del siglo. Precisamente cuando todo parece resuelto, cuando la palabra bienestar se ha instalado en el alma occidental; cuando hemos descubierto el pequeño paraíso… del chalet adosado y pagamos con plástico en cualquier sitio, porque se confía en nosotros; cuando nosotros, hombres de la calle, los que nunca fuimos nada, somos lo más importante según el poder que sube o baja; cuando nuestros representantes envían enseguida un avión de buena conciencia a cualquier catástrofe ¡tranquilos, hacemos lo que podemos!, entonces aparece esta novela tan poco amable… ¿Pero es que este señor siempre tiene que ser tan inoportuno? –me decía una buena y culta esposa de un buen médico aficionado al arte. ¡Al final de la tierra, al final del siglo, todos estos naufragios! Sí, todos. Náufragos en el mar y en la tierra confundidos vivos y muertos. Todo ha sido un inmenso naufragio. Todo en ti mundo adorado, todo en ti fue naufragio. Y la mirada del poeta fría, conmovedoramente lúcida, cruelmente testimonial, como en un arabesco complicadísimo da cuenta de ese inmenso naufragio que es la vida. Ah, desilusión de Occidente: la gaviota va por el mar hasta la Gavoteira, la cornisa en la que anidan centenares y centenares, quizá miles y miles de pájaros, mirando para el oeste, para el mar que sólo cierra el horizonte, por el que cruzan las ballenas. (Frente a un pesimismo tan atroz sería bueno recordar el optimismo nietzscheano del último aforismo de Aurora, cuando se cerraba el siglo XIX con tan negros horizontes. Otros pájaros volarán más lejos… etc. ) [1]
Cierto que cualquiera puede echar mano de unas cuantas categorías tradicionales y, sin más contemplaciones decir: Esto no es una novela. Bueno, pues no, si usted lo dice. Ya se ve que todo anda un poco revuelto. Seguramente no es una novela, por lo del desorden. Lo que pasa es que Madera de boj sigue ahí, no desaparece, y mira burlonamente al preceptista: ¿Conque no, eh? ¡Vaya, vaya!
No es lugar para una discusión teórica pero sí de señalar de pasada que cada novela, cada experimento propone una rectificación del concepto que nos permite llamar novelas al Lazarillo y al Ulysses sin demasiada inquietud teórica.
¿Qué tiene Madera de boj que la hace a mi juicio digámoslo atenuadamente,  (un gran) producto novelesco?


[1] NOSOTROS ERONAUTAS DEL ESPÍRITU. Todos esos pájaros atrevidos que vuelan hacia los espacios lejanos, cada vez más lejanos, llegará ciertamente un momento en que no puedan ir más lejos, en que se colgarán de un mástil o de un árido arrecife, felices todavía de encontrar ese miserable asilo. Pero ¿quién tendrá el derecho de concluir que no hay ya ante ellos una vía libre y sin fin y que han volado tanto que ya no hay ante ellos una vía libre? Sin embargo, todos nuestros grandes iniciadores y todos nuestros precursores han acabado por detenerse, y cuando la fatiga se detiene no toma las actitudes más nobles y más graciosas; ¡así será contigo y conmigo! “¡Otros pájaros volarán más lejos!” Este pensamiento, esta fe que nos anima toma impulso, rivaliza con ellos, vuela cada vez más lejos, se lanza como una flecha por los aires, por encima de nuestra cabeza y la impotencia de nuestra cabeza, y de lo alto del cielo ve, en las lejanías del  espacio, bandadas de aves, mucho más poderosas que nosotros que se lanzarán en la dirección en que nosotros nos lanzamos, hacia donde todo no es más que mar, mar, mar. ¿Adónde queremos ir nosotros? ¿Queremos remontar los mares? ¿Adónde nos arrastra esta pasión poderosa que domina sobre toda otra pasión? ¿Por qué ese vuelo perdido en esa dirección hacia el punto donde hasta hoy todos los soles “declinaron” y se “apagaron”? ¿Se dirá un día de nosotros que también nosotros, dirigiendo el timón siempre hacia el Oeste, esperábamos alcanzar una India desconocida, pero que nuestro destino era fracasar ante el infinito? O qué, amigos míos, o qué...