Habla con su perro y le basta un gesto para que el este salga flechado a reconducir las ovejas que se desmadran. Dícenle Caín, pero se llama Amalio y no hay nada de Caín ni en su figura ni en su conducta. Le he dicho: ¡Espera que quiero hacerte inmortal! Y, aunque no tengo certeza de que me entendiese, se ha vuelto a la cámara y ha sonreído. ¿Dónde se encuentra un Caín con una sonrisa en los labios? Por los montes de Olleros lo encontrarás, pero habrá que cuidarlo porque ya quedan pocos que gasten su vida en vigilar un rebaño. Amalio da un silbido y el pálido rebaño levanta unánime la cabeza de la hierba montesina. Se conocen y, si no fuera suponer demasiado, se diría que fluye entre ellos una corriente de afecto y entendimiento.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
lunes, 10 de diciembre de 2012
La Patria
¿Quieres construirte una casa y encuentras dificultades
para elegir el terreno?
Debe de ser mal de todos. En ocasiones el paisaje humano te
parece árido. En otras la belleza del lugar se halla contaminada. La ribera del
mar se ha convertido en un hormiguero y la montaña se llena músicas
insoportables y de escapes libres de motoristas enloquecidos. La ciudad te
anula y el pueblo te aburre.
¡Uy! Veo que estás casado y el matrimonio te atosiga,
porque el paisaje es lo que el amor decide y sin duda el amor te llevó a la
casa en la que vives, olvidado del entorno, convencido de que, donde fundas tu
vida, allí está la patria. Pronto desearás cambiar de paisaje. Acaso sea un
acierto. Acaso te equivoques de nuevo y vuelta a empezar. Tal vez nunca has
sentido esa seriedad que te hace mirar a los ojos de tu esposa y te lleva a
decir: -Tú eres mi patria. Aquí voy a construir un hogar para los dos.
Y ¿por qué no? para un tercero que sentirá de verdad, como
patria, el lugar donde se encuentra su corazón y el lugar del amor del padre.
sábado, 24 de noviembre de 2012
LA CASA Y LA ESCUELA, SEDES DE LA IMPIEDAD
Tanto se habla de la escuela,
que parece que todo debe de estar dicho. Pero como todo maestro sabe, repetir
es uno de los secretos seguros de la enseñanza. Por eso, lo que digo tiene que
sonar a escuchado… o no, como dicen algunos políticos, (¡perdonen que los
nombre, que ya harta y huele mal el propio nombre), pero no está mal decir las
cosas que deben volver a sonar… o soñar.
La casa se ha vuelto lugar de
impiedad y la escuela también. ¡No se molesten en discutirlo! ¡Las cosas son
así! Y no es menester demostrar sino sólo mostrar con el dedo. La piedad es la
virtud que inspira actos de amor y compasión entrañable a los padres y al
prójimo. Díganme si la misma definición no suena ridícula o por lo menos
anticuada…
Desde que se anunció la muerte
de Dios, todas los antiguos valores que en él descansaban como el agua en el
manantial, desaparecieron. Desapareció pues, la piedad y, como aseguraba la
fina intuición nietzscheana, se avecinaban guerras de proporciones desconocidas.
El siglo XX echa todavía el humo acre de las antiguas hecatombes; ya saben,
sacrificio de cien bueyes quemados
en el altar de los dioses. Pero es humo laico, porque el olimpo o el cielo se
ha quedado vacío. ¿Llenar ese vacío? ¡Constitución, ley, democracia…
¡solidaridad!!!!
La salida de una dictadura en
que no se mató al dictador (recordemos las veces que se alude a “padre Stalin”
quizá el asesino más grande de la historia y al paternalismo de Franco) ha
hecho que esas palabras llenen la boca hipócrita de la política y provoquen el
desvergonzado, el cínico discurso que aturde, incluso a aquellos que viven
cómodos en una sociedad también impía. Nadie como los dedicados a la política
asegura con tanta vehemencia y repite hasta la náusea, palabras como “libertad
o democracia” que sólo son mugidos que defienden el pesebre y alejan al que se
lo disputa.
Y la libertad y la democracia
entraron en la escuela. Algún lector empezará a mirarme de reojo. ¡Ya, claro,
se me ve el plumero y tendré que resignarme a la fácil acusación de fascista
porque, para el tonto de la democracia, sólo existen él y la dictadura! ¿Pero
qué libertad entró en la escuela? Entró la palabra vacía de contenido y expulsó
a patadas a la piedad. El maestro dejó de lado el amor al chiquillo, la piedad
que cuida con energía y ternura de enderezar sus instintos desordenados con el
fin de que conquistara la libertad y tuvo que aceptar que aquel chiquillo
esclavo del gusto personal era libre ya. Así se dio como conseguido desde el
principio lo que era el objetivo final de la educación. Padres y niños miraron
al maestro como alguien “discutible y
discutido” que podía obstaculizar la “carrera” del chiquillo. Y así también se
olvidó el principio de aptitud y selección cuidadosa que había de hacerse de
los maestros, dando ese precioso título a tanto ganapán, a tanto perillán como
anda por la escuela. El que todavía queden tantas excepciones es una suerte.
Que aún haya maestros que guardan la piedad como un tesoro y que entiendan que
la libertad es el objetivo último del proceso educativo hecho de esfuerzo y
disciplina, de ternura y exigencia, es una suerte. Pero un estado impío por
naturaleza ha entrado a organizar la escuela imponiendo la ideología del poder
que gobierne y el partido que lo sostenga. ¿Que no? ¿Que esto hay que
matizarlo? ¡Claro!
Pero hay algo más grave. El
poder ha entrado en la familia, el otro ámbito de la educación. Y ahí están los
jueces para garantizar la libertad de los niños en el espacio en que la piedad
tenía su sede por definición, aunque hubiera excepciones. Primero se atacan los
pactos de fidelidad del matrimonio y se disuelve este a la menor contrariedad.
Después se protege a la sacrosanta infancia… Y los niños protegidos por un
conjunto de sandeces legales se han vuelto, con frecuencia, gatos asilvestrados
contra los que no es infrecuente, que muchos padres tengan que pedir auxilio a
los jueces preguntándose con perplejidad: ¿quién le pone el cascabel al gato,
al botellón andante que es mi niño? Y muchos niños, si tuvieran conciencia,
preguntarían como el Segismundo de Calderón: ¿Qué pecado cometí, contra
vosotros naciendo?
-¡Será carca el tío!
Sí. Esa es la objeción que veo
en tu cara, lector, pero ya contaba con ello. Yo sigo en la creencia de que la
educación es un arte (que contiene la palabra “sensibilidad” para la belleza,
el amor y la inteligencia) y tú piensas que es el taller… (¡vaya palabra!) de
la libertad donde hay que ser libre desde que se entra en la escuela. Tú estás
convencido de que la escuela es fábrica de ciudadanos para la democracia (también,
rediós, hay jueces para la democracia antes que para la justicia) y yo creo que
es el lugar de la piedad, donde se debe conseguir que los niños lleguen a ser
niños plenamente y plenamente individuos: hombres para sí mismos o para la
muerte, vaya.
Por suerte todavía hay padres
que miran con piedad a sus hijos y tratan de poner corsé a la manifestación
libre del instinto, y hay hijos que, cada vez que se les pregunta por la madre
o el padre aquejados de Altzeimer, responden con alegría:
-¡Bien, están felices en casa!
Dan un poco de trabajo e imponen sacrificios… pero están tan felices.
-¿Y no estarían mejor en una
residencia? Total, no os conocen, ya.
-¡No! Están mejor en casa,
porque nosotros los conocemos muy bien.
En cuanto al poder, padres y
maestros les propongo un eslogan para cada vez que se manifiesten: -Tachín,
tachín, tachán, ¡mucho cuidado con lo que hacéis! Tachín, tachín, tachán. ¡A
Garbancito no piséis!
martes, 13 de noviembre de 2012
Nosotros, aeronautas del espíritu
Todos esos pájaros atrevidos que vuelan hacia los espacios lejanos, cada vez más lejanos, llegará ciertamente un momento en que no puedan ir más lejos, en que se colgarán de un mástil o de un árido arrecife, felices todavía de encontrar ese miserable asilo. Pero ¿quién tendrá el derecho de concluir que no hay ya, ante ellos, una vía libre y sin fin y que han volado tanto, que ya no pueden volar más? Sin embargo, todos nuestros grandes iniciadores y todos nuestro precursores han acabado por detenerse y, cuando la fatiga se detiene, no toma las actitudes más nobles y más graciosas; ¡así será contigo y conmigo!
"¡Otros pájaros volarán más lejos!
Este pensamiento, esta fe que nos anima toma impulso, rivaliza con ellos, vuela cada vez más lejos, se lanza como una flecha por los aire, por encima de nuestra cabeza y de la impotencia de nuestra cabeza y, de lo alto del cielo, ve en las lejanías del espacio, bandadas de aves mucho más poderosas que nosotros, que se lanzarán en la dirección en que nosotros nos lazamos, hacia donde todo no es más que mar, mar, mar. ¿Adónde queremos ir nosotros? ¿Queremos remontar los mares? ¿Adónde nos arrastra esta pasión poderosa, que domina sobre toda otra pasión?¿Por qué ese vuelo perdido en esa dirección, hacia el punto donde, hasta hoy, todos los soles "declinaron" y se "apagaron"?¿Se dirá de nosotros, quizá, un día que, también nosotros, gobernando siempre hacia el oeste, esperamos alcanzar una India desconocida, pero nuestro destino era fracasar ante el infinito?
O que, amigos míos, o que... Aforismo final de "Aurora" de F. Nietzsche Edit. Aguilar. Pág.189 (traducción de Eduardo Ovejero y Maury)
Un libro que termina con estas preguntas, bien puede llamarse optimista. No sé quién hablaba del pesimismo nietzscheano.
¿Espíritu del vino o borrachera literaria?
Yo tenía especial predilección por los autores que sabían extraer del vino su espíritu, porque estaba convencido que ese espíritu dionisíaco despertaba el suyo propio, y de que la musa actuaba desde el dulce zumo de la uva. Generalmente lo bebían mezclado con agua, pues el espíritu es peligroso aún en el vino. Después me di cuenta de que muchos de los escritores, buscaban en el vino, algo que el vino no podía darles, porque la diosa no había tocado sus labios con la magia de sus dedos y consiguientemente carecían de espíritu. Últimamente he descubierto algo más pobre. Ha desaparecido el espíritu del vino. ¿Cómo ha ocurrido esa catástrofe? ¿Será cierto que los dioses han huido y no queda esperanza? El artista de la lengua no hace libaciones sacrificiales a Diónisos y ha abandonado los ritos de la sangre del Crucificado, que ha huido también espantado. Ahora el escritor hace gala de ser discípulo de Ceres, ya en su forma de cerveza, ya en la de güisqui. No busca el espíritu porque, ni lo hay, ni lo quiere, sino el efecto miserable del alcohol. Por eso poemas, novelas y dramas que pretenden ser hondas fuentes de musicalidad dionisíaca, terminan en una pobre vomitona, pues se ha abandonado a las musas y se ha arrancado a Ceres el secreto del alcohol puro que no contiene espíritu sino que lo embrutece. (Me olvidaba. Vomitonas son todos los bestsellers) La mayor parte de los autores españoles ha abandonado a Diónisos, o el dios ha huido lejos. Hoy, los más jóvenes buscan la inspiración, no tanto en bebidas angloamericanas, cuanto en autores de palmaria borrachera etílica. Y nada más patético que escritores españoles, destinados desde Cervantes a ser adoradores de las musas, buscando citas literales de autores ingleses para demostrar su "estar al día". O peor aún, autores españoles de grosera pedantería, que balbucean frases en inglés de bachillerato para epatar a los lectores más ingenuos; esos que por las mañanas se atiforran de periódicos (atiforrar es palabra de mi familia, mucho más gruesa que atiborrar). Lo decía Nietzsche: un siglo de lectores de periódicos y el espíritu mismo olerá mal. ((María se acerca a Jesús ante el sepulcro de Lázaro: -¡Señor, ya hiede! Pero Jesús le contesta: Sólo donde hay sepulcros, hay resurrecciones)) ¿Queda esperanza? Invoquemos por nuestra parte a Diónisos por si todavía escucha en la Ribera del Duero.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Que el gusto refinado no lo es todo
Tendemos a juzgar a los hombres por lo que llamamos gustos y a valorar, sobre todo, al que
tiene gustos que consideramos refinados. En las tardes de lluvia, me gusta
escuchar el violín de Tchaikovsky en su concerto en D mayor op. 35. ¡Ese
instrumento divino que parece traspasar el alma con el dulce estilete de la
lluvia en los cristales!… El oro de las tardes otoñales lo disfruto con un
paseo entre los arces y fresnos de junto al río, que se desnudan lentamente de
sus hojas de luz mientras el río parece volverse llanto silencioso; en la
montaña, los peñascos, gigantes redivivos
que parece que nos miran pensativos y que rezan por nosotros su plegaria (Ardavín)… son conversadores, testigos mudos del
bello tiempo pasado irrecuperable; contemplo, en primavera, las evoluciones de
las golondrinas en el jardín, observo como rozan el agua de la piscina
convertida en estanque y dejo volar el pensamiento con ellas hacia otros países
lejanos, otras edades felices; acompaño al anciano en el paseo húmedo y acepto
agradecido sus palabras despaciosas, sus sentencias perfumadas de experiencias
alegres o dolorosas; contemplo las torres de la catedral, seria, inmóvil,
sereno receptáculo de plegarias y esperanzas, y las nubes, las maravillosas nubes, que le dan fondo sagrado a la gravitación
de la piedra; sin perder de vista la brutalidad y ceguera del mar, me siento a
veces, a contemplarlo, iluminado por el sol que se apaga y converso con él
sobre las ansias infinitas que agitan mi corazón… Todos estos momentos podrían
considerarse placeres refinados, gustos de una sensibilidad hiperestésica que
caracterizarían a un alma sensible. PERO... Ah, siempre un pero. Esa
emocionalidad refinada no dice absolutamente nada acerca de un alma que puede
estar llena de rencores, indiferencia para el dolor ajeno, avaricia o desamor
para el más cercano. Por debajo del espejo del mar, hay muchas veces, cieno
revuelto.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Una vida menos fea
El ritmo y la rima ponen dificultades, a veces, a la marcha
del pensamiento; otras, le dan la luminosidad y la sutileza que le faltaría en
su expresión prosaica. Un objeto cualquiera, bajo el chaparrón de la luz,
carece de la sugestión que tiene el mismo objeto entrevisto en la penumbra,
bajo la falsa luz de las candilejas. Una idea de tres cuartos, bajo el efecto
ventana, es más sugestiva, que expuesta en una fórmula de precisión formal
absoluta. Así en la vida. Un desnudo a la cruda luz del mediodía carece de la
sugestión de un desnudo suavemente iluminado, con zonas de penumbra y densa
sombra, sombra que no quieren revelarlo todo. Un desnudo que oculta es más
eficaz artísticamente que un desnudo que todo lo muestra. La vida es así. Un llanto
imitado en el escenario es más eficaz que un llanto real. El arte lo sabe muy
bien y el juego de luces de la escena genera en el espectador, emociones que
potencian el pathos de la misma. Y el ritmo… El ritmo impone reglas, aísla,
separa, aleja, acerca, hiere, reduce y silencia—por innecesarias—, palabras que
creía imprescindibles. Sombras. En el ritmo, el pensamiento se baña de luz y se
llena de sombras y la vida se carga de tono y tensión, de serenidad y placidez,
de angustia y tierna alegría.
¿Y la rima? Ese susun molesto como zumbido de mosquito, que
pone cinturón de hierro a la idea, dirigiéndola por caminos que no hubiera
deseado; que constriñe el pensamiento imponiéndole sentidos modulados que quizá
no esperaba; que añade resonancias emocionales insospechadas a la voz del
pensamiento; que vierte sobre la idea unas cuantas notas musicales; que, a
veces, lo llena de riqueza musical, otras de humor y otras lo rompe
impidiéndole que llegue a perfección como quien rompe un bello jarrón casi terminado; que lo ilumina a veces y
a veces lo llena de sombras…
Es fea la vida. Nadie me lo negará sino el optimista
impenitente o el que espera otra mejor. Es fea. Pero la poesía, con sus
artilugios de escultura de la palabra y la idea, pone en la vida esa sombra que
necesita para ser amable. Claroscuros,
escorzos, tensiones, pérdida del espacio y el tiempo cuando la experimentamos, —¿Dónde estamos cuando escuchamos música?—
luces y sombras, densas sombras y falsas, hermosísimas luces para ver mejor la
vida. No. No soy optimista, pero confieso que sin la poesía, la vida sería no
fea, sino insoportablemente fea.
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